lunes, 27 de julio de 2020

Una historia nunca antes contada #furbo

Ocurrió en un día de invierno, hace muchos años, allí abajo en el Sur, donde el invierno siempre parece menos invierno. Concretamente en la playa de Arrifana, ese arenal conocido por, entre otras cosas, brindar olas consistentemente cerronas... aunque desde el pueblo, arriba donde normalmente se deja el coche, parezca que abran. En concreto, en todas las veces que he estado allí, solo recuerdo dos olas que abriesen: una la cogí yo y la tengo inmortalizada en una secuencia de fotos en algún disco duro pues conseguí realizar un giro estéticamente no malsonante. Y la otra la cogió Marlon Lipke y se marcó un áereo frontside de aúpa con el que se sobrevoló media playa; al año siguiente entraría en el WCT.

Y el día de autos también. Ese día encontré un semipico, muy poco consistente, en medio de una corriente donde rompía una izquierdita. Una chusta, sí, pero un oasis en un desierto. Solo rompía una ola en cada serie y nunca conseguía pillarla… pues siempre la cogía él.

Llevábamos rato así. Me pusiese donde me pusiese, cuando por fin llegaba esa solitaria y codiciada izquierda, él se encontraba invariablemente más cerca del pico y, por lo tanto, disponía de la prioridad para cogerla mientras yo me autoengañaba pensando en la segunda ola de la serie; segunda ola que nunca aparecía. Y vuelta a empezar: largos minutos de espera, remando ocasionalmente y agobiado por el viento incesante, para situarme más cerca del pico que él cuando volviese a entrar la izquierda… para volver a fracasar.

Al cabo de un rato tuve que admitir que le odiaba. Muchos eran los factores: su media sonrisilla socarrona cuando remaba la ola; el hecho de que apenas surfease mejor que yo (éramos un par de paquetes), por lo que su dominio sobre mí no se debía a su mayor técnica o pericia, sino simplemente a factores desconocidos y, no podía ser de otra manera, sobrenaturales (un motor bajo el agua? Un gps invisible que le decía exactamente donde situarse?); que aparentaba ser incluso más joven que yo; y lo peor de todo, que no era un local.

Y es que mi amigo, al cabo de un buen rato y para amenizar los largos minutos de espera entre ola y ola, me pidió la hora. Y allí descubrí que no era portugués, sino italiano.

Ah amigo!!! Como Viriato ante las centurias del romano Quinto Servilio Cepión, como las tropas griegas de Odiseo en las puertas de Troya o como las huestes de Erwin Rommel en Bir Hakeim vislumbré una oportunidad, un talón de Aquiles, un flanco débil que me apresuré a explotar.

Le contesté la hora en perfecto portugués para, seguidamente, explicarle (también en la lengua de Pessoa y Camoes) que a partir de ese momento me tocaba a mí coger olas y que hiciera el favor de no molestar.

¡Qué hube dicho! Se rompió el maleficio y como dócil cordero mi nuevo “amigo” dejó de tener la preferencia cada vez que llegaba la solitaria izquierda. Ahora era yo el que lucía una sonrisa socarrona cuando remaba la ola mientras le veía en el brazo (ad-)mirándome y valorando la opción de saltarle una ola o no a un "local". Nunca se atrevió, y al cabo de media hora salió del agua cabizbajo y con evidente cara de frustración. Cambió la marea y la izquierdita dejó de abrir, y poco después salí yo. 

Subimos la cuesta que va de la playa al pueblo a unos 50 metros de distancia el uno del otro. Él delante; yo detrás.

Pero mi satisfacción todavía sufriría un epílogo. Mi “amigo” llegó a su coche, donde le esperaba una chica. Casualidad de las casualidades, su automóvil estaba aparcado justo al lado de mi furgoneta. Cuando me vio llegar a mi furgo, reparó en la matrícula de la misma y no pudo evitar exclamar un grito de rabia mezclada con frustración. Me había dejado todas las olas pensando que yo era portugués y solo entonces descubría el engaño.

La sonrisa tardó varios días en desaparecer de mi cara.

martes, 21 de julio de 2020

No escribo más por que... #vivelavidasinhacerelridículo

No escribo más a menudo por que nadie lo lee. 

Pero quizás eso sea bueno. Está demostrado que la lectura incita a tener ideas propias y, por estadística, muchas de las ideas que se nos ocurren son malas (otras muchas son regulares y algunas son buenas). También es probable que ejecutemos algunas de esas ideas (tanto buenas como regulares y malas). Como por ejemplo comprarnos un middle length twin fin a lo Torren Martin y bajar a la playa a surfear nuestras chustas (por que a diferencia de Francia o Portugal, principalmente tenemos chustas y cuando entra algo de mar, las playas raramente dan buenos baños… asumámoslo), con una camisa de lino abierta o un traje de marca rara y suplir nuestra falta de talento y pericia con posturas raras y totalmente disfuncionales encima de la tabla encerrados en una visión de lo que somos -y de lo que ocurre a nuestro alrededor- que se encuentra a millones de kilómetros de años luz de la realidad. 

No quiero tener encima de mi conciencia el peso de que uno de mis textos haya podido influir en que alguien haga algo así. Por eso y por si acaso, de momento, no escribo más a menudo.